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El ser aberrante: el sueño de Nordal
Votación: 9 PGS
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(por halen)
Sin saber bien como, Nordal se encontraba ahora en una estancia circular de tamaño colosal –allí dentro habría cabido entero todo un piso del palacio-, toda ella tallada en un solo bloque de piedra gris oscuro, en la que no había ningún tipo de mobiliario. Las paredes estaban cubiertas de grabados en relieve que evocaban una gran cantidad de escenas del pasado del mundo, todas enlazadas entre sí en el orden en que habían sucedido, constituyendo un enorme mural que ocupaba toda la estancia. Parecía como si una parte de la existencia estuviera allí grabada desde el inicio de los tiempos. A ambos lados de la estancia se abrían dos arcos góticos que daban paso a un balcón, y en el suelo estaba grabado un círculo del que salían despedidos ocho radios. Nordal se sorprendió a si mismo mirando hacia arriba, observando maravillado como las ilustraciones se extendían por la cúpula que hacía las veces de techo. Percibió como una fogosa luz rojiza entraba por los balcones, haciendo bailar las sombras de los relieves a su compás. Del exterior provenía un ruido de metales chocando entre sí, enlazado con miles de confusos gritos de furia y dolor. Entonces decidió asomarse a uno de los balcones para intentar averiguar donde se hallaba. Nordal se dio cuenta de que lo que antes le había parecido un balcón no era sino el rellano de una amplia escalera que descendía rodeando la estructura cilíndrica de una torre. De la balaustrada que limitaba las escaleras surgían altas y delgadas columnas que se alzaban hasta alcanzar el tramo de escalones del piso superior. El cielo estaba fuertemente iluminado con un tono rojo fuego. Entonces miró hacia abajo. No había suelo, en su lugar ardía una superficie brumosa y rojiza que ardía con furia, y entonces comprendió que se hallaba a una altura a la que nunca antes había estado, situándose sobre las nubes y las montañas más altas. Un gigantesco ejército de ángeles pertrechados con espadas y escudos luchaba en el cielo sobre los flamígeros nubarrones, aliados con los demonios, que volaban armados con espadas curvas, de hojas dentadas asimétricamente. Los dos ejércitos guerreaban con furia, unidos contra los dragones, que atacaban con bravura, volando entre la lluvia de llamas, los restos de un sol despedazado. Había dragones de todo tipo, no solo en cuestión de razas, sino en rango y poder; desde los dragones menores, los más jóvenes descendientes de cada una de las razas, hasta los dragones ancestrales, padres y señores de todos los demás, grandes como montañas, capaces de destruir escuadrones enteros con una exhalación de su aliento siempre mortal, ya fuera ígneo, ácido, helado o eléctrico. El espectáculo era brutal, atroz. Los cuerpos de miles de ángeles y demonios caían abrasados por la ígnea tempestad, e incluso algunos dragones tenían problemas para soportar el calor abrasador. También los reptiles caían, atravesados por las espadas de sus rivales, provocando una lluvia de sangre sobre los ejércitos de a pié, que se enfrentaban bajo la flamígera tormenta, en el suelo, invisibles a los ojos de Nordal. "¿Que lugar es este? Se parece a..." -entonces comprendió- "La torre de magia. Pero, ¿a que altura estoy? ¿y qué está pasando?" –en ese instante el ambiente comenzó a hacerse irrespirable, sintió como le faltaba el oxígeno, como a sus pulmones les costaba expulsar el aire, y supo que nunca ningún miembro de la Orden del fénix había llegado a ese piso de la torre de magia. Desde el piso superior llegaban unas voces apagadas. Nordal se volvió y decidió dirigirse a la escalera del extremo contrario, para subir a investigar la procedencia de las voces. También la pared exterior de la torre estaba plagada de grabados, desde los escalones en los que se encontraba hasta el siguiente nivel, marcado por las escaleras del siguiente piso. Los escalones formaban parte de la estructura de la torre, y toda ella estaba tallada en un solo bloque de piedra gris, aunque en algunas zonas los tonos variaban entre el casi blanco y el casi negro. A medida que subía, Nordal se notaba más y más cansado, le costaba cada vez más trabajo respirar, pero aún así sentía que debía seguir ascendiendo, como si una fuerza ajena a él lo instase continuamente a seguir avanzando. Cuando llegó al piso de arriba tuvo que esforzarse para mantenerse consciente y no caer allí mismo a causa del agotamiento y la falta de oxígeno. Un grupo de personas se hallaba reunido delante de una enorme puerta doble de metal negro que ocupaba toda la distancia del suelo al techo. En ella había cuatro hendiduras: una de ellas ya estaba ocupada por un escudo mientras que otras dos, unas líneas diagonales con forma de bastón y de lanza, se cruzaban sobre el propio escudo. La última hendidura, una figura de una espada, se ensartaba en el escudo desde arriba. El grupo estaba conformado por once personas: seis hombres, un elfo oscuro, dos mujeres, una semielfa y un orco. Uno de ellos se hallaba sentado, con los ojos cerrados y la espalda arrimada contra la esquina derecha de la puerta, con las rodillas dobladas y uno de sus brazos sobre ellas, mientras que el otro descansaba sobre la empuñadura de una de sus espadas. Su mirada no habría sido más tranquila si estuviera durmiendo. Pero era mucho más fría, fría y oscura como el acero de una espada ensangrentada hace tiempo. Era alto y delgado, y vestía una armadura completamente negra a excepción de la zona del pecho, donde se podía ver un contorno naranja oscuro que se asemejaba a un ojo, con un zafiro en el centro del dibujo. A ambos lados de la cintura, sujetas por sendas correas de cuero, pendían las vainas de dos espadas, la de su izquierda del tamaño de un mandoble, la otra una cuarta más corta. Su cabello era largo, azul como el cielo de una noche estrellada con luna llena, exactamente el mismo color que lucía su larga capa, ahora echada hacia atrás sobre un hombro. Por delante llevaba el pelo suelto, y por detrás recogido en una coleta que le llegaba hasta la mitad de la espalda. A su lado, de pié y apoyado contra la columna, otro hombre de su misma estatura mantenía los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba una larga espada, envainada a la diestra de su cinto, y sujeto a su espalda un resistente escudo de oro y plata, con un dragón impreso en relieve en su superficie. A pesar de la larga melena rubia, que le caía casi hasta la cintura, los rasgos de su rostro dejaban patentes sus lazos familiares con el otro hombre. Su armadura emitía destellos apagados del mismo color que el océano. Los dos hombres aparentaban una edad a medio camino entre los veinte y los treinta años. -El momento ha llegado al fin –dijo el hombre rubio-. La prueba a la que nos enfrentaremos al otro lado de esta puerta será la más dura que hayáis afrontado jamás, pero si vencemos, la guerra acabará. Si en vuestro corazón todavía albergáis dudas acerca de la pureza de nuestras acciones, será mejor que abandonéis ahora, pues una vez hayamos cruzado esta puerta ya no habrá marcha atrás ¿Estáis dispuestos, guerreros del mundo libre, a enfrentaros a los Dioses del Orden y el Caos? –preguntó al grupo, que parecía no haber visto todavía a Nordal. La primera en hablar fue una mujer joven, su edad apenas sobrepasaba la veintena. Sus cabellos eran dorados y ondulados, y sus ojos brillaban como el azul del zafiro. Era esbelta, y alta, comparada con la mayoría de los allí presentes, aunque su estatura no alcanzaba la de los otros dos hombres, quedando sus ojos media cuarta por debajo de los de ellos. Llevaba una armadura de escamas negras, adornada en varios puntos –rodillas, codos- con unas formas que imitaban las alas de un dragón. Con uno de sus delicados brazos sujetaba un yelmo negro, adornado también con las alas negras, dispuestas a ambos lados del casco a modo de orejas. En su otra mano empuñaba una espada negra, con una hoja ancha, plana y ligeramente curva, de doble filo, dentada a grandes trazos por la parte cóncava. -Ya conoces mi respuesta -dijo, con una cálida sonrisa. El hombre de las dos espadas sonrió a su vez, sin abrir los ojos, de forma casi imperceptible, con un débil asomo de ternura y calidez, la única expresión que Nordal había visto en aquel rostro aparte de la calma. La mujer se acercó aún más al hombre y se colocó de pié a su diestra, con sus piernas pegadas a él. Supongo que no hace falta que te responda, hermano –dijo el hombre de las dos espadas. Había una leve nota de desdén en su voz, y su rostro seguía sin mostrar expresión alguna y sin abrir los ojos. En ese momento a Nordal le pareció reconocer el rostro del caballero rubio, pero su mente era incapaz de evocar ningún recuerdo en ese instante. Su memoria se había bloqueado completamente en lo tocante a aquel hombre. Entonces la semielfa también habló. Llevaba sus cabellos rubios y lisos recogidos en una coleta. Sus manos empuñaban dos espadas con hojas curvas de fina talla. Por la delicadeza del filo curvo y el extraño guardamanos, Nordal dedujo que se debía de tratar de dos katanas, las legendarias espadas que los elfos forjaron en los tiempos antiguos. Las historias decían que eran ligeras como el viento y que atravesaban las armaduras de sus rivales con la misma facilidad que las armas más pesadas, lo que le daba a sus portadores una gran ventaja en el combate cuerpo a cuerpo. En lugar de armadura, la semielfa llevaba un traje verde oscuro, pues sabía que sus ventajas eran la velocidad y la agilidad, y su armadura no haría más que entorpecer dichas habilidades. -Yo también iré. No me he estado entrenando todos estos años para echarme atrás ahora –declaró, dirigiéndole disimuladamente una mirada anhelante al hombre de las dos espadas. Su mirada no fue correspondida, pero el caballero rubio le dirigió, en secreto, una mirada de igual intensidad. -No esperaba menos de ti, Nadiara –respondió el humano de las dos espadas, todavía sin abrir los ojos. El siguiente en hablar fue un hombre grande y musculoso, de aspecto bruto. Iba cubierto tan solo con unos calzones de piel gruesa, pero su cuerpo era peludo, y no cabía duda de que el frío no era un problema para él. Llevaba una melena corta y desmañada, pegada a la cabeza con una cinta de cuero. Sus ojos eran castaños, pero su iris era extraño, pues se parecía ligeramente al de un felino o al de una serpiente. -Podéis contar con mi fuerza. Pagarán con creces lo que me han hecho a mí y a mi raza. Uno de los hombres que quedaba por responder se acercó a la puerta con la espada en la mano. El hombre tenía un porte arrogante, y llevaba una armadura verde y dorada. Una barba corta y rubia –al igual que sus cabellos- le cubría la parte inferior de la cara. Entonces hizo encajar su espada en la hendidura de la puerta, sobre el escudo. La espada era anormalmente oscura, como si transformara la luz de su alrededor en tinieblas. De ella manaba un poder terrorífico. -Esta es mi respuesta –dijo, en tono altanero, mientras acababa de colocar la espada. Nordal creyó reconocer también a este hombre rubio, pero de nuevo le falló la memoria. -Eres un idiota –le reprochó con apatía el hombre de las dos espadas- ¿Es que acaso no te insistimos en que tuvieses más cuidado al manejar esa espada? -¿ENo te sirvió de ejemplo lo que le ocurrió a Cian? –le espetó seriamente el caballero del escudo del dragón-. No deberías manejarla con las manos desnudas. Esa espada está maldita, no está hecha para tus manos. Ni para las manos de ninguna otra persona. El hombre de la armadura dorada agachó la cabeza, lamentando su imprudencia. -Por suerte para todos nosotros –comentó el hombre de las dos espadas, con su tranquilidad habitual-, esa arma será pronto inútil. Cuando regresemos buscaremos un medio para destruirla definitivamente. Uno tras otro, los demás personajes se acercaron a la puerta con convicción. La otra mujer, envuelta en una túnica azul oscuro, cogió su bastón de madera y platino y lo colocó en la hendidura de la puerta. El último de ellos, un hombre vestido con una armadura negra, vaciló antes de acercarse a la puerta. Portaba un mandoble en una mano y una lanza larga en la otra. El pelo negro le caía en bucles rizados hasta los hombros. -Yo no estoy tan convencido de nuestra victoria –manifestó apesadumbrado. -Leon, tu mayor virtud ha sido siempre la prudencia –comentó el caballero del escudo, sonriendo satisfecho, dándole un manotazo amistoso en el hombro-. Eres mi mejor alumno, estoy orgulloso de ti. Nadie ha comprendido mis enseñanzas del mandoble, el escudo y la espada de puño y medio como tú. No te preocupes, lucharemos y venceremos, y entonces seremos libres para hacer lo que nos plazca. El hombre de la armadura negra asintió, sin demasiado convencimiento, y colocó la lanza en la puerta. Al instante los goznes comenzaron a girar con un quejido oxidado, dejando paso a una luz que inundó la estancia poco a poco, deslumbrando a Nordal y hundiéndolo en un vacío de blanco resplandeciente, haciéndole perder la conciencia de lo que lo rodeaba. El tiempo parecía haberse detenido mientras las horas pasaban. La luz no desaparecía, pero notaba como recuperaba la consciencia progresivamente. Un zumbido comenzó a ocupar su mente, cobrando fuerza poco a poco hasta llegar incluso a hacerse molesto. El zumbido empezó a vibrar y a distorsionarse, tomando forma en su adormilada mente, hasta transformarse en una voz joven y grave. La luz blanca comenzó a cambiar bruscamente, tomando color y forma, hasta que Nordal pudo distinguir al hombre de las dos espadas, que permanecía con los ojos cerrados, de pie en la misma sala en la que se encontraba antes de perder el conocimiento. Pero ahora no había nadie más. -¿Me oyes al fin? –inquirió el hombre, inclinándose sobre el cuerpo tumbado de Nordal. -Sí –respondió este. El silencio se hizo eterno hasta que Nordal preguntó: -¿Quién eres? -Soy aquel que todavía no se ha rendido –dijo, abriendo los ojos. Sus iris relumbraban con inquietantes destellos níveos de plata acuosa-. Yo he forzado tu nacimiento. -¿Que quieres decir? –dijo Nordal, mientras se incorporaba, empezando a inquietarse ante las palabras del extraño. -Pronto lo entenderás. Por el momento te basta con saber que tu búsqueda de la espada elemental es del todo inútil. Tu señor no podrá forjar esa espada de nuevo. Ni él ni nadie, salvo yo mismo. -¿Por qué? -El hombre que forjó esa espada la imbuyó con el poder de su alma y de su voluntad. Y no permitirá que ninguno de ellos la posea. -¿Ellos? –preguntó Nordal-. ¿Quienes son ellos? -Aquellos que aceptaron el pacto de los creadores y sobrevivieron. Sus nombres son Calbhar, Leon y Nadiara. Los traidores. "¿Que sobrevivieron? ¿Es que acaso lo intentó algún otro? ¿Y que es eso de los traidores?" –pensó Nordal. Pero sentía como si el tiempo se agotara, y tenía muchas preguntas que hacer. -¿Y por que no se lo dices tu mismo? -Tengo mis motivos para no hablar con ellos, pero no son de tu incumbencia. De todos modos, no te he pedido que se lo dijeras, aunque puedes hacerlo si así te place. Esta información era tan solo para evitarte una pérdida de tiempo innecesaria. Tras estas últimas palabras, la imagen comenzó a desvanecerse, temblando como un reflejo en el agua mecido por las ondas del lago. >>>>Continuará
camus
(19/05/2006)
Nordal está convirtiéndose ya en una leyenda inmortal entre nosotros, especialmente por sus viajes y sucesos para lograr su objetivo. Tu redacción es brillante, y el argumento no se empobrece sino que gana en dicha y ganas de lectura.
wizard
(22/05/2006)
No se si ha sido premeditado o casual, pero se contempla una madurez patente en el personaje, quien aprende en su camino a andar y pensar de forma distinta ante los sucesos que le acontecen. Muy buena consecución, Halen.
pagaegui
(27/05/2006)
Da gusto leer relatos como este. Enhorabuena Halen !!
aracne
(06/09/2006)
Fantástico. Es marvilloso leer cada nueva entrega de tu relato.
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