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17-07-2010
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Destinos Cruzados (parte 2)
Votación: 10 PGS
(
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: 24 / Comentarios: 14)
(por wizard)
Ahí va la segunda parte de una historia divida en unos cuatro/cinco tomos sobre un hombre y el destino que creció a su alrededor. ¿El destino existe de verdad? ¿Está escrito o se va escribiendo? Quizás Vier, nuestro narrador, pueda decirnos algo al respecto El tintineo persistente de un ave fría logró romper el acaudalado sueño que me venía acompañando. Noté como el Sol apenas me acariciaba oculto tras un manto de cirros grises amenazantes de lluvia; la temperatura te hacía sentir frío, y el racheado aire cortaba los labios con la mera rozadura. Me desenredé de las mantas, mientras observaba a Dévora arriba del árbol... "¿Es qué no ha bajado en toda la noche?... eso es imposible..." Este pensamiento me comía hasta que decidí obviarlo y no preguntar nada, pues de todas formas ninguna respuesta hubiera hallado. Bacirol se hallaba realizando escuetos movimientos de calentamiento a unos metros de mi posición. Cuando me alcé, él me observó con un rostro impasivo y la voz de la amazonas me suscitó: "¡Al fin te levantas!. Vamos, que queda poco tiempo y bastante camino." Tan pronto dijo eso, se desenvolvió lujuriosamente a través del árbol hasta llegar a tierra. "Me esperaban a mí... y yo que pensaba que estaba dormida...". Kreit Bugon ya no estaba lejos, era cuestión de tomárselo con calma y rezar por no tener más encuentros. Parece ser que los susodichos orcos finalmente no llegaron a "visitarnos" en la noche, pero esta circunstancia iba a cambiar... Aún no era mediodía cuando la lluvia se desató con furia ante nuestros pobres cuerpos. La comida ya casi era inexistente, apenas unos mordiscos de pescado seco y presumiblemente rancio, y una odre de vino del barato. Las piernas andaban por inercia más que por deber y los lagrimones de sudor resbalaban por nuestros cuerpos de forma continua. De repente, de no se sabe qué sitio un chico salió corriendo hacia nuestra posición; caminaba torpemente con un rostro perlado de savia y sangre. Bacirol se puso en guardia casi por instinto, y Dévora fijó su vara de bornes en ambas manos. El chico corría tanto como podía, pero la punta de la flecha que le atravesó fue más rauda; llegó por detrás, sin ser vista, traicionera, y encubierta por el manto de la muerte. Su pecho se abrió desmesuradamente hasta que el pico de la saeta emergió ribeteada del líquido vital. Los ojos del joven, al igual que los míos, se pusieron blancos y mientras su cuerpo se precipitaba al suelo una serie de combulsiones le recorrienron el cuerpo entero. Bacirol estaba ya corriendo hacia el asesino y Dévora descargaba de las aljorjas del caballo su arco y su carcaj. Y yo... yo estaba en medio mirando el cadáver del chico ahogándose en el charco de sangre que iba formando entorno a sí mismo. De entre la espesura se dejaron ver tres orcos, de narices chatas, piel verduzca y enraizada, y ojos que nadaban en tonos carmesíes. Bailaron con sus armas en el aire y las chocaron contra el hacha de Bacirol; éste respondió al primer ataque con furia, pero en el segundo optó por la prudencia. Una espada iba recta hacia su cuello a lo que interpuso su arma con ambas manos, produciéndose un trueno de chispas. Otro de los orcos se dirigía corriendo hacia sus piernas, justo donde recibió un flechazo lleno de ira de la diosa amazónica. La lluvia caía con más ímpetu, verdaderos latigazos nos sacudían y mantener el temple se hacía una tarea de titanes. El orco herido se alzó y se echó las manos (si así podían llamarse sus zarpas) hacia la herida para intentar desclavarse el motivo de su dolor, aunque Bacirol estaba allí. Defendió un nuevo ataque enemigo y tras un salto muy elaborado se plantó en la retaguardia del orco herido. Éste apenas pudo mirar para atrás antes de ver cómo la hoja de "Taladrina", el hacha con nombre de mi acompañante, se dirigía cortando el aire hacia su parte nasal. Dévora descargó de nuevo su arco, pero su flecha sólo hirió a la naturaleza. Bacirol en su alegría alzó el hacha con furia y se giró; entonces todo lo recuerdo muy lento: la lluvia que nos inundaba con grandes goterones, el aire enrarecido, el niño caído que ya no se movía, el orco con la cabeza abierta que aún berreaba, y a Bacirol quieto, observando cómo el tercer orco le colocaba el clavier sobre su pecho. Fue una muerte extraña, una de esas muertes que pasan a la historia como "de caballeros" o "de honor". La espada cobró vida lentamente a medida que buscaba el corazón del guerrero, mientras éste aferraba sus manos inútilmente en la hoja de la misma. Un trueno salido de la boca de Dévora retó incluso a la tormenta que nos acompañaba, y una nueva flecha surcó el aire hasta clavarse en el abdomen del orco en cuestión. El último orco se fundió con la naturaleza tan pronto como pudo, aunque ya volveríamos a saber de él. Bacirol yacía en el suelo, y ella se hallaba a su lado mascullándole ciertas frases. Quizás un 'te quiero' o un 'nos volveremos a ver'. Sea como fuere, yo no me atrevía a romper ese vínculo que estaban constituyendo. El día siguiente fue agotador. La lluvia no cesó su empeño de castigarnos, así como el terreno se ponía desfavorable; las colinas amarillas, llamadas así por las flores de mimosas que allí enraizaban, se alzaban en un continuo desnivel que iba ultimando las rodillas y nuestro cansancio. A eso de las 4 de la tarde el caballo se rindió ante su tara de la pierna, y se tumbó de costado. "Pronto llegarán los lobos, o los bichos verdes esos..." Fue la primera vez que nos decíamos algo desde que Bacirol cayó en batalla, y desde luego no se le veía muy tranquila. "¿Crees que llegaremos a tiempo a Kreig?. Hemos andado a reventar, no creo que nos sigan... igual tenemos suerte y han dado media vuelta ya.", le dije con una vana ilusión, a lo que ella me replicó mientras desargaba las alforjas de la mntura: "Mira Vier, esos animales no se cansan nunca, y al matar a alguno de su clan no cesarán en su empeño de hacernos lo mismo a nosotros. Kreig es una ciudad fortificada, y con los caballeros de Tryusum que allí habitan dudo mucho que osen entrar, pero... esto también lo saben ellos y por ello creo que se deben estar dando mucha prisa.". Esta vez el miedo de lo que estaba escuchando vencía a la belleza que ella desprendía. "¿Y crees que nos dará tiempo..." "¡No lo se Vier!" -me injurió- "Sólo se que estamos a un par de días de marcha y que esos bestias nos siguen...y que... Bacirol está muerto...y ... que sentido tiene esto de seguir así...". No lo podía creer, pero el muro había caído. Lágrimas traslúcidas de angustia recorrieron con esmero los carrillos prominentes de Dévora y su cuerpo íntegro de veía envuelto en una capa de debilidad; el frío comenzó a hacerle mella notándose en su exquisita piel erizada y la dureza de sus pechos, a la vez que se apretaba con sus brazos y afligía el rostro. La fuerte tormenta que le mojaba por completo no podía manchar su belleza pero sí pudo ayudar a romper su fortaleza. Me acerqué a ella, aún no se si por hombría (de la que sinceramente nunca había gozado de mucha) o quizás por pena o deseo, y le dispuse mi chaqueta sobre sus sensuales hombros. Ella sólo me hipnotizó con su mirada brillante de lágrimas y me susurró : "Gracias Vier. Menos mal que tú estas aquí.". Eso mismo pensaba yo sobre ella... Anduvimos durante tres largas horas más entre senderos embarrados y techados por ramas de mimosas goteantes. Todo el ambiente olía a fresno recién talado, un olor que me recordaba con nostalgia mi juventud en el Campo de Fremond, un lugar distanciado y con un estilo de vida sosegado. ¡Quien diría que me iba a encontrar yo en tamaña circunstancia!. Ya no caminábamos, nos arrastrábamos, y nuestros ojos apenas lograban ver unos metros por delante nuestra. El derrame de agua dió paso a un nuevo castigo: la gélida niebla que descendió hacia nosotros y que nos arrebataba el escaso calor que generábamos. Aún no se porqué, pero pensé en Bacirol y cómo estaríamos si él nos acompañara ahora. También se agolparon en mi mente imágenes de mi madre cocinando ese estupendo estofado de cordero con pimientos al pitón, y mi padre volviendo de llevar el pasto a las cabras. Una estampa de Lidia, la mujer de la que siempre estuve enamorado apareció también locuazmente en mi alboroto, sucediéndose una y otra vez... Desperté cuando noté un suave tacto que me besaba en mi inerte cuerpo. Era Dévora, que no cesaba de tiritar; presentaba unas ojeras extrañas y su semblante desmejoraba a cada minuto. Su belleza se iba... su vida se marchaba y eso me dejó sin hálito efímeramente. La apoyé en mi hombro, y a duras penas logré llegar hasta un entrante bajo un montículo. Quien sabe si era el lar de una manada de lobos o de algún que otro animal. Allí la tendí momentáneamente mientras intentaba en vano ordenar mis ideas e idear algo. Ella abrió débilmente sus profundos ojos y me sonrió entre palabras: "Me duele dentro. Tengo frío y no siento nada Vier... creo que..." "¡No digas eso!" -exclamé con una iniciativa inusual en mí- "¿Dónde está esa mujer que casi me daba miedo a mirar por no enamorarme y que cuando decía algo asustaba? ¡Vamos mujer enséñame tu fuerza y aguanta que no estamos lejos!" Ella tembló notablemente y su cándido tono canela fue dando paso al blanco más puro. Sólo sus cabello negros sobrevivían a la desaveniencia. "¿De verdad estás enamorado de mí? No lo hagas Vier, yo no estoy hecha para eso." "¿Cómo?" -le respondí mirando hacia la entrada de la caverna- "Mira Dévora no tengo ganas de hablar sobre eso. Descansa un poco y a ver cómo hacemos para llegar a la maldita Krieg Buron.". Creo que esa frase no llegó a oirla pues no la respondió, y cuando me giré hacia ella sus ojos permanecían cerrados. Por un momento se me agolpó el sentimiento de pérdida que sufrí con Bacirol y le rocé suavemente el cuello para hallar su frágil pulso. Debí quedarme dormido pues me levanté por la mañana entre unas rocas clavadas en mi espalda, que me quemaba de dolor. El día se presentaba con frescos aromas primaverales, con todas las flores y hojas prendadas del rocío matutino y con un Sol aún sibilino. Dévora se hallaba encogida en mi chaqueta en una esquina de la cueva, y por el movimiento de su cuerpo, respiraba. Sin embargo apenas tuve tiempo de acercarme a ella y darle los buenos días. Sólo llegué a acariciar su cabello cuando me disponía a despertarla suavemente entre susurros. Instantáneamente un voz grave afirmó tras de mí: "¿Qué hacéis aquí? ¿quiénes sóis?". Era un hombre cubierto en una capa marrón y ribeteada en amarillo. Su pelo desaliñado y su nariz delgada le hacían muy reconocible. Por un momento salté de alegría hacia él hasta que de su capa surgió una ballesta quinter, de las de repetición. Su mirilla me saludaba con ironía y yo no pude hacer más que paralizarme y ver cómo otros dos compañeros suyos irrumpían en nuestro cubil. "Así que una pareja de tortolitos... ya veremos cuánto vales tú mequetrefe. Tú novia sí que tiene que valer bastante... después de probarla yo claro está!!". A continuación una carcajada irrisoria me heló del todo mientras observaba inanemente cómo se abalanzaban hacia ella. Empezaron a desnudarla entre jirones e insultos. Uno de ellos observó hacia mi carcelero y le dijo: "Parece enferma...". "Pues daos prisa no vaya a morir. Sería una pena ¿no?.". Esta respuesta verdaderamente pudo conmigo. Me levanté en una afanosa muestra de gallardía pero cuando el hombre apretó su ballesta hacia mí con más fuerza me quedé sin valor. Sus dos compañeros dispusieron a Dévora entre ellos para disfrutarla mútuamente mientras ella en vano agotaba sus pocas fuerzas entre parcos chillidos; sus brazos ya no se mostraban tan fuertes como contra los orcos, y sus semblante de odio se mostraba enmascarado por dolor y pena. Ríos de angustia recorrieron el rostro de Dévora hasta que sin fuerzas cedió su cuerpo al placer ajeno. Comencé a chillar y a pedirles un porqué y un quienes eran, mas sólo obtenía carcajadas frente a mí y gemidos de placer y angustia entremezclados a mis espaldas. No aguanté más y me giré; allí la ví, guapísima, anhelante y con un cuerpo divino. Los dos asaltantes estaban rozando el delirio entre ella, mientras ella totalmente inmóvil mantenía sus ojos clavados en los míos. Cuando yo la observé ella soltó una par de lágrimas más, y moviendo sus cortados labios le leí "No me mires...". Su honor de caballera amazónica dominadora de hombres se veía aquí quebrado, e incluso ahora a efímera distancia de la muerte no quería ser vista deshonrada. Me desempañé mis ojos y le grité el "Nunca te olvidaré" más fuerte que nunca olvidaré. Al mismo tiempo su imagen se volvía borrosa, las de sus dos "acompañantes" que ya la soltaban también, y en un intento de girarme capté al ballestero como se dirigía hacia ella sin la ballesta, que reposaba en el suelo manchada de mi sangre. Me dolía la cabeza... me caí, y soñé con Dévora. >>> FIN DE LA SEGUNDA PARTE
camus
(31/01/2005)
igual que la uno.... en la linea de impecable.
troya
(31/01/2005)
Lo has "clavao" colega......
Te has superado desde la primera parte
marisol
(01/02/2005)
es preciosa esta historia wizard..... vendran mas partes???? espero que si!!!!
agamenon
(01/02/2005)
pues fantastico.
¿no esperarias otra votacion no? jajajaja
beastar
(03/02/2005)
la segunda es por lo menos tan buena como la primera..... voy a por la tercera!!! esto se lee como si fuera chocolatinas!!!
gonnan
(04/02/2005)
nada tio, la leche de obra...
eduard
(07/02/2005)
es increible...
voy por la tercera parte.
sonador
(16/02/2005)
pues aqui estoy yo, leyendo de nuevo estas tres partes para llegar a la cuarta fresco.
Relato precioso wizard, increible tio.
boromir
(22/02/2005)
esto se pone emocionante... vamos a por la tercera...
fenix
(08/07/2005)
Te mantienes en la línea.
Sigue así Wizard.
nanih
(14/07/2005)
He de reconocerlo, no se cual está mejor!
halen
(08/11/2005)
Cada vez la historia engamcha más!
pagaegui
(31/08/2006)
Tan buena como la primera entrega.
aracne
(06/09/2006)
¿que puedo decir que no se haya dicho ya? La historia cada vez está más emocionante!!
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